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Quizá por eso siempre estuve más unida a mi padre que a mi madre. Mi padre tenía unas ideas atípicas y radicales, pero creía firmemente en ellas y nunca renunció a su forma de pensar aunque, debido a la edad y el trabajo no las demostrara abiertamente.
En el instituto siempre fui una tía aplicada dentro de mis posibilidades, mis calificaciones no eran como para echar cohetes, pero estaba contenta con ellas. Tenía ese curioso don de no estudiar hasta el último día y aprobarlo todo con un notable, aunque a veces ese don fallaba en algún que otro examen de matemáticas.
Mi clase... bueno, desde mi punto de vista y mi forma de ser (basada en la que me había inculcado mi padre), mi clase estaba llena de niños pijos que estrenaban un polo nuevo cada día y chicas que solo utilizaban los libros para que les pesase la mochila y no hacían más que mirarse las uñas. Yo los veía como personas patéticas que perdían el tiempo mirándose al espejo, y ellos en cambio se veían las personas más normales del mundo. Claro. ¿Cómo no van a creerse normales si últimamente todo el mundo era así? Gente que se deja arrastrar por la corriente de la sociedad.
Por suerte, tenía tres personas que ponían un toque de personalidad en aquella aula. Ellos eran Ana, Victoria y Rubén. Las tres personitas que más quería en el mundo, y todavía quiero a pesar de que alguno se haya ido para siempre.
Enhorabuena, sigue asi y no dejes de escribir
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